La integración no es solo una medida administrativa: es vida humana, incertidumbre y una necesidad constante de demostrar. En este escrito, a través de la experiencia de mi propia familia, cuento cómo Finlandia trata a quienes quisieran ser parte de la sociedad, pero a quienes el sistema se niega a dejar entrar. No se trata solo de inmigración, sino de los valores con los que construimos este país: ¿rechazamos o apoyamos, cerramos o invitamos a participar?
La historia de un individuo entre los dientes del sistema
Cuando se habla de inmigración e integración, el debate a menudo se queda atrapado en números, normativas y detalles técnicos del proceso de asilo. Rara vez se habla de personas. Aún más raramente de aquellas que quisieran ser parte de la sociedad, pero a quienes el sistema se niega a dejar entrar, aunque pasen los años y la vida se construya aquí.
Llevo casado siete años. Mi esposa ha vivido en Finlandia casi diez años. Llegó al país como solicitante de asilo desde Irak, desde una situación de riesgo mortal, donde su vida habría estado realmente en peligro si se hubiera quedado. Ahora trabaja y paga impuestos. En Finlandia obtuvo el título de merkonomi y consiguió un puesto de jefa de marketing, que perdió durante la pandemia de coronavirus. Desde entonces no ha vuelto a acceder a tareas similares, sino que ahora trabaja como agente de atención al cliente en IKEA.
Aun así, su solicitud de ciudadanía ha sido rechazada, porque el Servicio de Inmigración no considera que su identidad esté suficientemente acreditada, aunque ha tenido la misma identidad todo el tiempo, aunque yo he conocido a sus padres, y aunque se ha presentado un recurso ante el tribunal administrativo.
Una estructura que no apoya, sino que obstaculiza
Esto no es un caso aislado. Esto es un problema sistemático. En Finlandia no se apoya suficientemente la integración, y el sistema parece estar construido más para rechazar que para acoger. Las autoridades tienen poder, pero no responsabilidad. En el peor de los casos, toman decisiones que, en mi opinión, entran en conflicto con las directrices del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Cuando una persona ha estado en el país casi una década, ha construido aquí una vida, una familia y una carrera laboral, ya no se puede hablar de un inmigrante aislado. Se trata de un miembro de la sociedad que, sin embargo, vive en un estado de incertidumbre, sin seguridad plena ni aceptación. Y aun así nos preguntamos por qué algunas personas no sienten que pertenezcan a este país, aunque han hecho todo correctamente.
La responsabilidad no puede recaer solo en el individuo
La integración no es responsabilidad únicamente del individuo. También es responsabilidad del sistema. Si no ofrecemos apoyo, vías y una posibilidad real de lograrlo, tampoco podemos esperar una adaptación perfecta. ¿Cuántos finlandeses soportarían años de incertidumbre, demostraciones constantes y desconfianza estructural, aunque ellos mismos hubieran hecho lo mejor posible?
Aquí se enseña finés a la gente, pero a menudo quienes enseñan son personas que ni siquiera saben bien finés. Migri actúa en parte bajo presión política, y sus decisiones no se supervisan adecuadamente. A los inmigrantes no se les informa de forma clara sobre sus derechos o sobre cómo recurrir. La existencia de vías de recurso no ayuda si la gente no sabe que existen o no sabe utilizarlas.
La sociedad no puede construirse sobre la exclusión
La ruptura de la confianza
Todo esto incrementa la desconfianza en el sistema, no solo entre los inmigrantes sino también entre la población autóctona. Cuando la gente ve que una persona que trabaja y está integrada no obtiene la ciudadanía en una década, surge la pregunta: ¿qué es suficiente? Si nada es suficiente, ¿para qué intentarlo?
Como consecuencia, se generan brechas y amargura. Corremos el riesgo de que surjan generaciones que no consideren Finlandia su patria, aunque hayan nacido aquí o hayan pasado aquí toda su juventud. Es un camino socialmente peligroso.
No ilimitado, sino justo
No digo que la inmigración deba ser ilimitada. Claro que no. Yo mismo opino que la aclaración de antecedentes debe ser exhaustiva y que los recursos de la sociedad deben usarse con sensatez. Pero eso no significa que se olvide la dignidad humana. No tiene sentido acoger a personas si no queremos realmente incluirlas en la sociedad.
En mi opinión, una buena política migratoria es racional, segura y justa. Tiene en cuenta la capacidad de Finlandia, pero no convierte a las personas en meros números administrativos. La diferencia, por ejemplo, entre solicitantes de asilo, inmigrantes laborales y reunificación familiar debe hacerse claramente. Cada uno de estos tiene su propia justificación y su propio significado.
Hacia las soluciones
Yo mismo he propuesto un modelo en el que el avance de la integración se mediría con cosas reales. Hablamos de participación, empleo y competencia lingüística, pero en la práctica no se hace seguimiento de estos de una manera sensata. Un programa de seguimiento que permitiera un progreso individual serviría tanto a quien llega como a la sociedad.
Además, se necesita una reorganización del sistema. El funcionamiento del Servicio de Inmigración debería evaluarse externamente y construir una forma más abierta, más clara y más rápida de tramitar las solicitudes. En este momento, Migri no es un actor que inspire confianza a nadie, ni desde el punto de vista del solicitante ni desde el de la autoridad.
También los municipios deberían tener más responsabilidad y poder en la integración. El municipio conoce las necesidades de su propia zona y puede ofrecer un apoyo más rápido y más personal que una autoridad centralizada. Al mismo tiempo, se pueden construir soluciones regionales que apoyen la vitalidad precisamente de esa localidad.
Una elección que refleja valores
La inmigración no es una amenaza si se aborda con responsabilidad. Puede ser una oportunidad si construimos un sistema que apoye tanto a quien llega como a la sociedad. Pero si dejamos a las personas solas, sin respuestas claras ni apoyo, les fallamos a ellas y a nosotros mismos.
Por eso este debate no trata solo de casos individuales. Trata de los valores con los que actuamos como sociedad. ¿Tratamos a cada individuo como valioso, o dejamos que el sistema decida quién es bienvenido y quién no, sin transparencia ni justicia?
Ya es hora de cambiar la forma en que tratamos a quienes quisieran ser parte de esta sociedad. Debemos construir un sistema en el que a cada persona se le dé una oportunidad justa. Un sistema en el que las personas no queden aplastadas por la burocracia, en el que la buena voluntad no se convierta en frustración y en el que la sociedad demuestre que valora a todos los que quieren participar.
No se trata solo de inmigrantes. Se trata de todos nosotros. ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? ¿Una sociedad en la que las personas puedan sentirse seguras, escuchadas y valoradas, o una sociedad en la que parte de la gente vive en las sombras, sin voz ni valor?
Yo elijo la primera. Por eso escribo. Por eso quiero influir. Y por eso te invito también a ti, lector, a mirar a la persona, no solo los papeles.
Fuente: Uusi Suomi